Cuando cambia la energía, ¿comprendemos lo que está cambiando?

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¿Transición energética… o transformación estructural del sistema?

Ayer fue el Día de la Energía.

Las efemérides suelen invitarnos a celebrar o a recordar. Pero lo que estamos atravesando no es solo un cambio técnico ni una etapa más en la evolución industrial. La pregunta que deberíamos hacernos es más profunda: Cuando cambia la energía, ¿comprendemos realmente lo que está cambiando?

¿Estamos ante una transición energética —un reemplazo progresivo de fuentes— o frente a una transformación estructural en la forma en que se organiza el poder económico, productivo y geopolítico?

Durante más de un siglo, la arquitectura energética global se construyó sobre recursos concentrados, infraestructuras rígidas y cadenas de suministro altamente centralizadas. Esa configuración no solo definió mercados: definió jerarquías. Definió quién producía, quién financiaba, quién decidía.

Cuando cambia la energía, cambia el poder.

Y es precisamente en estos momentos cuando las estructuras existentes reaccionan.

Un reciente artículo de El País (Madrid) describe cómo la actual administración estadounidense ha acumulado más de 300 medidas orientadas a revertir políticas climáticas y reforzar el desarrollo de combustibles fósiles: Trum acumula ya más de 300 medidas para demoler la política climática de EEUU e impulsar los combustibles fósiles.

No se trata de personalizar ni de reducir el fenómeno a una coyuntura partidaria. Lo relevante es el patrón: cuando un orden percibe que su centralidad puede verse erosionada, aparecen reflejos de conservación.

La historia está llena de estos momentos.

Pero la cuestión profunda no es si existen resistencias. La cuestión es si la dirección estructural del cambio puede ser revertida.

Y todo indica que no.

La digitalización, la caída de costos de las renovables, la electrificación, el almacenamiento distribuido y vectores como el hidrógeno verde no son consignas ideológicas. Son transformaciones materiales del sistema productivo.

La tecnología está habilitando algo que antes era impensable: la descentralización energética. Y con ella, la posibilidad de redistribuir capacidades productivas.

Para América Latina —y para todos los territorios con recursos naturales, talento técnico y vocación industrial— esto representa una oportunidad histórica.

Pero la oportunidad no es automática.

Ortega y Gasset nos recordaba: “Yo soy yo y mi circunstancia”. Las estructuras de poder no son abstractas. Están compuestas por personas, empresas, instituciones, gremios y culturas organizacionales. Y todos —en mayor o menor medida— tendemos a defender aquello que nos dio estabilidad.

La resistencia al cambio no es patrimonio exclusivo de las grandes potencias. También ocurre en nuestras organizaciones. En nuestros sectores industriales. En nuestros marcos regulatorios. En nuestras propias convicciones.

La transformación energética no es solo tecnológica. Es cultural.

Exige abandonar ciertas comodidades. Exige revisar modelos de negocio. Exige repensar alianzas. Exige, sobre todo, una forma de generosidad estratégica.

Generosidad entendida no como altruismo ingenuo, sino como comprensión de que la resiliencia futura depende de construir sistemas más equilibrados, más diversos y más armoniosos con el entorno.

El mundo está cambiando a una velocidad inédita. Podemos reaccionar con miedo e inercia, o podemos actuar con claridad y propósito.

Desde Vivestar S.A., en el post institucional compartido ayer (Ver Post) —y en el comentario que luego hicimos al respecto— no buscamos instalar una consigna, ni afirmar una posición cerrada. Buscamos algo más exigente: abrir una conversación con fundamento.

En los próximos días estaremos compartiendo un estudio técnico que sintetiza parte del análisis que venimos desarrollando. El mismo, no pretende ofrecer respuestas definitivas, sino aportar elementos para una discusión que consideramos estratégica.

En el caso de países como Uruguay —netamente importadores de crudo y, por lo tanto, estructuralmente dependientes en términos energéticos— el análisis sugiere que acelerar inversiones de capital orientadas al aprovechamiento de recursos propios podría no ser solo una opción ambiental, sino una decisión económica y geopolítica de largo alcance.

Y aquí aparece una reflexión que asumo como personal: cuando se transforman las fuentes y las lógicas de generación energética, también se transforman las formas de organización, distribución y control. Y, con ello, los centros de decisión dentro de nuestras propias sociedades.

Toda transformación energética implica una redistribución de capacidades. Y toda redistribución de capacidades exige madurez institucional.

Por eso, más que apresurarnos a celebrar o a resistir, tal vez convenga ejercitar lo que Ortega llamaba claridad: comprender nuestra circunstancia para poder decidir con responsabilidad.

Los invito a estar atentos a la publicación del estudio. No como quien espera una conclusión cerrada, sino como quien participa de una conversación que recién comienza.

Porque, en última instancia, cada sociedad define si entiende su circunstancia… o si simplemente es arrastrada por ella.