
Lo que estamos viendo en China —y lo que la crisis global empieza a confirmar— no es solo una transición energética. Es un cambio en la forma de pensar el desarrollo.
En los últimos días, el contexto internacional volvió a tensarse. El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán vuelve a poner en evidencia algo que, en realidad, nunca dejó de estar presente: la energía sigue siendo un factor estructural de estabilidad.
Pero más allá del conflicto en sí, hay algo que empieza a quedar claro. No estamos frente a un problema puntual. Estamos frente a un cambio de contexto.
Durante años, el sistema energético global parece haberse pensado bajo una lógica de optimización. Y esa lógica tenía sentido. En un mundo relativamente estable, mejorar eficiencia, reducir costos y optimizar cadenas de suministro era no solo razonable, sino necesario.
Pero ese mismo enfoque estaba construido sobre un supuesto silencioso: que la estabilidad era parte del sistema.
Hoy, ese supuesto empieza a erosionarse. Y con él, también los criterios con los que evaluamos qué es, realmente, un buen sistema.
En paralelo a este contexto, desde la semana pasada, junto a un equipo de Vivestar S.A., venimos recorriendo el ecosistema energético en China, visitando empresas y organismos vinculados al sector, particularmente relacionados con el hidrógeno.
Y hay algo que, más allá de la escala, llama la atención: la coherencia.
Hace seis años había sido mi última visita. Hoy, el cambio es evidente. En las principales ciudades, los vehículos eléctricos no son una tendencia: son parte del sistema. Los autos a combustión, en muchos casos, han pasado a ser la excepción.
Pero lo interesante no es el dato. Es lo que el dato refleja.
Lo que se percibe es que no se trata de una suma de tecnologías. Se trata de una arquitectura.
Un sistema donde la generación, el almacenamiento y el consumo empiezan a pensarse de forma integrada.
Y en esa lógica, aparece un elemento central: la resiliencia.
Más que buscar únicamente eficiencia, lo que China parece haber hecho es incorporar la resiliencia como criterio estructural de diseño. No como respuesta a una crisis puntual. Sino como anticipación a un mundo que, por definición, es incierto.
Esto cambia la forma de entender la transición energética. El hidrógeno, por ejemplo, deja de ser solo una alternativa tecnológica. Pasa a ser una pieza dentro de un sistema más amplio, que busca equilibrar generación, almacenamiento y uso de la energía.
Pero incluso eso es solo una parte. El cambio más profundo está en otro lado: en el sistema que consume la energía.
Electrificación. Adaptación industrial. Rediseño de la demanda. No para consumir menos, sino para consumir de otra manera.
Para que, en la medida de lo posible, la energía que se utiliza pueda ser producida localmente. Y con ello, reducir dependencia y aumentar autonomía.
En este sentido, el estudio realizado y difundido recientemente por Vivestar S.A. apunta en esa misma dirección: Economía del Hidrógeno y Desarrollo.
Pensar la transición energética no solo como un cambio tecnológico o ambiental, sino como una decisión macroeconómica. Como la posibilidad de transformar gasto energético importado en inversión productiva local.
Quizá el punto más relevante sea este: no es lo mismo optimizar un sistema existente que rediseñar un sistema para el contexto que viene.
Y en ese rediseño, la eficiencia sigue siendo importante. Pero ya no alcanza. Porque cuando la eficiencia no incorpora la resiliencia, puede convertirse —sin quererlo— en una forma de fragilidad.
Ortega y Gasset hablaba de comprender la circunstancia para poder proyectarse. Lao Tse, de actuar en armonía con el flujo de las cosas. Y Taleb, de construir sistemas que no solo resistan la incertidumbre, sino que se fortalezcan frente a ella.
Quizá lo que estamos viendo hoy —en la crisis y en lugares como China— sea, justamente, eso: un cambio en la circunstancia.
Y frente a ese cambio, especialmente en América Latina, la oportunidad es clara. No solo para adoptar tecnologías. Sino para decidir cómo queremos estructurar nuestros sistemas energéticos y económicos en el largo plazo.
Tal vez la transición energética no sea solamente una discusión tecnológica. Tal vez sea, sobre todo, una decisión de diseño.
Comprender el cambio es solo el primer paso. La verdadera pregunta es si estamos dispuestos a rediseñar en consecuencia.